El objeto de la presente disertación lo constituyen los topónimos implantados o recogidos por las empresas castellanas y portuguesas de navegación por las costas e islas de la porción terrestre actualmente designada como América del Sur, durante el periodo comprendido entre el tercer viaje de Cristóbal Colón en 1498 y la expedición de Fernando de Magallanes en 1520, así como la nomenclatura geográfica consignada en las representaciones cartográficas del subcontinente en mapas y globos producidos en Europa durante el primer cuarto del siglo XVI, hoy conservados. En la historiografía sobre el tema, los topónimos asociados con las primeras exploraciones ibéricas de los litorales americanos suelen ser tratados de forma tangencial, circunstancial o anecdótica, o bien como manifestaciones simbólicas de la apropiación territorial, la imposición cultural y la dominación política ejercidas por las potencias imperiales sobre las tierras “descubiertas” y sus pueblos aborígenes. A su vez, en lo concerniente a los primeros mapas del entonces llamado Nuevo Mundo, la nomenclatura geográfica queda comúnmente subordinada a otros aspectos más notorios y ostensibles, como los contornos y la fisonomía del territorio o las leyendas y las ilustraciones. Ahora bien, cuando los topónimos son objeto de análisis, la atención generalmente se enfoca en determinadas obras cartográficas, regiones o denominaciones específicas, y la reflexión se orienta al discernimiento del origen histórico de ciertos nombres o de sus variantes morfológicas y semánticas. Considerando que en este vasto espectro bibliográfico no se identifica un estudio que se ocupe exclusiva e íntegramente de la primera nomenclatura geográfica poscolombina de la actual América meridional, que además del contexto en el cual surgieron los topónimos observe las dinámicas y las diferentes duraciones que estos experimentaron con posterioridad a su implantación, y que, aparte de símbolos con un significado y un trasfondo cultural, los entienda como referentes primordiales en la construcción social del espacio geográfico y como elementos estructurales de su representación cartográfica, la presente investigación se pregunta sobre el papel que los nombres de lugar desempeñaron tanto en el incipiente proceso de configuración territorial del subcontinente como en la producción de sus mapas más tempranos actualmente conocidos. En el marco de dicho cuestionamiento, a partir de un extenso acervo documental que abarca fuentes textuales de diversa índole procedentes del siglo XVI y obras cartográficas que datan de las primeras tres décadas de la centuria, se han recopilado todos los topónimos y referentes geográficos asociados con las empresas ibéricas de navegación que tuvieron lugar entre 1498 y 1520 a lo largo de las costas suramericanas, desde el Darién en el norte hasta el estrecho de Magallanes en el extremo austral. El amplio conjunto de denominaciones e indicaciones obtenido fue posteriormente objeto de organización bajo diversos criterios para proceder a su análisis comparativo y relacional respecto a datos derivados de otras fuentes primarias, de la geografía y la cartografía contemporáneas del continente y de los aportes de otros autores consignados en la bibliografía secundaria consultada. Siguiendo este procedimiento, se evidencia que aquellos topónimos derivados de las primeras incursiones ibéricas por los litorales del llamado Nuevo Mundo que lograron establecerse como convenciones permanentes, conformaron una red de referentes geográficos a partir de la cual empezó a configurarse la geografía moderna del continente americano. A su vez, se constata cómo –paradójicamente– aquellos mapas a través de los cuales comenzó a imponerse el nombre América, experimentaron un estancamiento empírico al reproducir por más de dos décadas un mismo patrón cartográfico. Dicho epónimo –concebido a principios del siglo XVI por una sociedad de humanistas asentada en la región fronteriza franco-alemana–, así como el célebre planisferio de 1507 elaborado por Martin Waldseemüller –en el que la controvertida designación apareció por primera vez en un mapa–, han sido elevados en la literatura especializada –muy por encima de todo el resto de denominaciones y de obras cartográficas surgidas en la época– como los principales protagonistas de lo que se ha dado en llamar la “invención”, la “precognición” o el “descubrimiento mental” de América. Sin embargo, ni el polémico epónimo ni la representación cartográfica en la que originalmente se introdujo, tuvieron nada que ver con el proceso empírico de reconocimiento de las costas de la llamada Tierra Firme de las Indias Occidentales o Nuevo Mundo. Por el contrario, fueron aquellos topónimos –más numerosos aunque menos notorios– resultantes de las primeras incursiones españolas y portuguesas por los litorales de la actual Suramérica, los verdaderos cimientos sobre los cuales se empezó a construir tanto el espacio geográfico continental como el conocimiento y el mapa del mismo.
The subject of this dissertation is the place names established or collected by Castilian and Portuguese expeditions along the coasts and islands of the landmass now known as South America during the period between Christopher Columbus's third voyage in 1498 and Ferdinand Magellan's expedition in 1520, as well as the geographical nomenclature recorded in cartographic representations of the subcontinent on maps and globes produced in Europe during the first quarter of the 16th century and preserved to this day. In the historiography on the subject, the toponyms associated with the earliest Iberian explorations of the American coasts are usually treated in a tangential, incidental, or anecdotal manner, or else as symbolic manifestations of territorial appropriation, cultural imposition, and political domination exercised by imperial powers over the “discovered” lands and their indigenous peoples. Similarly, with regard to the earliest maps of what was then called the New World, geographical nomenclature is commonly subordinated to other more conspicuous aspects, such as the outlines and shape of the territory or the legends and illustrations. When toponyms are examined, however, attention is generally focused on specific cartographic works, regions, or designations, and the analysis tends to focus on the historical origin of certain names or their morphological and semantic variants. Considering that no study within this vast bibliographical spectrum deals exclusively and comprehensively with the earliest post-Columbian geographical nomenclature of present-day South America, that also examines the context in which the toponyms emerged as well as the dynamics and varying durations they underwent after their implantation, and that, beyond treating them as symbols with meaning and cultural background, understands them as fundamental referents in the social construction of geographical space and as structural elements of its cartographic representation, this research examines the role played by place names in both the incipient territorial configuration of the subcontinent and the production of its earliest known maps. Within the framework of this inquiry, drawing on an extensive documentary corpus comprising textual sources of various kinds from the 16th century as well as cartographic works dating from 1500 to 1530, all the toponyms and geographical references associated with the Iberian maritime expeditions that took place between 1498 and 1520 along the South American coasts —from Darién in the north to the Strait of Magellan in the far south— have been compiled. The broad set of place names and indications thus obtained was subsequently organized according to various criteria in order to undertake a comparative and relational analysis with respect to data derived from other primary sources, from the continent’s contemporary geography and cartography, and from the contributions of other authors in the consulted secondary bibliography. Following this procedure, it becomes evident that those toponyms derived from the earliest Iberian incursions along the coasts of the so-called New World that succeeded in becoming established as permanent conventions, formed a network of geographical referents from which the modern geography of the American continent began to take shape. In turn, it can be observed how –paradoxically– those maps through which the name America began to gain currency underwent a kind of empirical stagnation by reproducing for more than two decades the same cartographic pattern. This eponym –conceived in the early 16th century by a circle of humanists based in the Franco-German border region– as well as the celebrated 1507 planisphere by Martin Waldseemüller –in which the controversial name appeared for the first time on a map– have been elevated in the specialized literature –far above all other designations and cartographic works that emerged at the time– as the main protagonists of what has come to be called the “invention,” the “precognition,” or the “mental discovery” of America. However, neither the controversial name nor the cartographic representation in which it was originally introduced had anything to do with the empirical process of exploring the coasts of the so-called Mainland of the West Indies, also known as the New World. On the contrary, it was those toponyms —more numerous though less conspicuous— resulting from the earliest Spanish and Portuguese expeditions along the coasts of present-day South America that constituted the true foundations upon which both the continental geographical space and the knowledge and mapping of it began to be constructed.